Marketing de contenidos: el egoísmo es el Rey.

El marketing de contenidos dice:  “el contenido es el Rey”, yo prefiero ver al contenido como algo subordinado a un monarca exigente llamado egoísmo. El egoísmo es el Rey y solo presta atención a aquello que le interesa. Es nuestro objetivo cautivarlo.

En el modelo tradicional no había elección.

Venimos de un tiempo en el que solamente las empresas tenían voz mientras los consumidores estábamos prácticamente indefensos y a su merced.  Era un tiempo de inocencia, nos creíamos todo lo que la publicidad nos decía y el medio no hacía otra cosa más que dar autoridad al mensaje.

La “Santísima Trinidad” de la Radio, la Televisión y el diario dominaban el universo de la información y no solo moldeaban nuestra opinión y la forma en que veíamos la realidad, como en algunos casos todavía lo siguen haciendo, sino también eran jugadores claves a la hora de gestionar nuestras necesidades y deseos.

Había un único mensaje para todo el mundo, se apostaba a la estadística y permanentemente se creaban estereotipos para que las masas se pudieran identificar e igualar a ellos. La publicidad se dirigía a enormes grupos de individuos a quienes los trataba como iguales como si todos desearan ser como aquellos modelos que protagonizaban los spots televisivos, hablaban por la radio o cuyas fotos aparecían en diarios y revistas.

Los canales de comunicación se contaban con los dedos de las manos, sus propuestas eran escasas y todas las personas consumían los mismos contenidos pues no había otra cosa que consumir. No existía ni siquiera el germen del marketing de contenidos.

Esas pocas emisiones radiales o televisivas y algún que otro artículo en medios gráficos eran constantemente interrumpidos por mensajes publicitarios, el mismo mensaje para todos, un mensaje que no podíamos evitar ya que no había posibilidad alguna de elegir.

Los viejos vicios llegan a Internet.

El mundo digital supuso un nuevo campo de batalla para que marcas y empresas disputaran la atención de sus posibles consumidores.

La recién nacida Internet en nada se parecía a lo que conocemos actualmente y lejos estábamos de conceptos tales como el de marketing de contenidos pero sin embargo desde sus primeros pasos la red de redes cautivó a marcas y anunciantes al mostrar su potencial.

El marketing se mudó a Internet con sus aciertos y errores con sus vicios y virtudes haciendo, ni más ni menos, lo mismo que se venía haciendo en los medios tradicionales.

Se utilizó la web del mismo modo que se usaban las vallas publicitarias, las hojas de los diarios o las placas en la televisión. La publicidad online interrumpía a los primeros internautas con banners, imágenes y grandes cartelones que pedían a gritos “hacé clic acá” prometiendo vaya uno a saber qué maravilloso producto o servicio. Esos viejos vicios del marketing tradicional poco a poco dejaron de tener efectividad. 

Con los años Internet cambió. Lo que alguna vez fue una “autopista de información” que ofrecía contenido en un solo sentido para ser consumido por nosotros se transformó en una intrincada red en la que ya no hay diferencias entre quien consume contenido y quien lo genera.

En esta Internet más viva, más participativa y con usuarios más informados el marketing y la publicidad tradicional son inútiles, ya no surten efecto alguno, poco a poco los anunciantes comenzaron a comprender a fuerza de golpes y fracasos que había que dar una vuelta de tuerca y que para seducir a los públicos no era suficiente ponerles un banner delante de los ojos. El concepto de marketing de contenidos comenzaba a escucharse.

Nada de lo viejo funciona.

No solo se produjeron cambios en términos de tecnologías, nuevas herramientas y formatos novedosos. También sucedieron una serie de constantes y profundas modificaciones en los comportamientos de los consumidores y sus hábitos de consumo.

El banner estático el la columna izquierda de un blog que antes llamaba la atención ya no seduce a nadie. La imagen gigante que se abre cuando entramos a una web ya no vende, al contrario, nos espanta. Todo el arsenal de recursos que se utilizaba en los primeros tiempos de Internet para vender, para lograr que hiciéramos clic en las publicidades uno a uno fueron perdiendo efectividad.

No es necesario presentar conclusiones de millonarios estudios sobre el comportamiento de los públicos online para explicar o ejemplificar estos fenómenos. Cualquiera de nosotros sabe lo molesto que resultan las publicidades que aparecen cuando queremos leer una web o mirar un video, tal es así que incluso existen aplicaciones de toda forma y color que permiten bloquear los anuncios publicitarios.

Estamos sofocados por tanta información de modo tal que algunos hablan de “infoxicación” señalando que la superabundancia de contenidos nos intoxica y como siempre ocurre “el hilo se corta por lo más delgado” o sea, por la publicidad.

Estamos cansados de la publicidad, de las ofertas, de las llamadas a la acción. Estamos hartos de que toda vez que ingresamos a una web, a un servicio de video en streaming o a una red social un ejército de contenidos publicitarios nos asalte por sorpresa. En nuestra vida ya sea dentro o fuera de Internet no hay un solo momento en el que no se nos ponga una publicidad delante de nuestras narices o en nuestros oídos.

Para preservarnos de esta verdadera avalancha de todo tipo y calibre poco a poco aprendimos a descartar aquello que no nos interesa, nos convertimos en verdaderos maestros de la selección, ya no consumimos , como en el principio de Internet, todo lo que nos aparecía en la pantalla de la computadora.

Nos volvimos egoístas y solamente prestamos atención a las cosas que nos interesan el resto pasa absolutamente desapercibido incluso aunque se nos muestre delante de los ojos como lo indican los estudios sobre la llamada “ceguera visual”. 

El egoísmo es el Rey.

Hay demasiada información, no tenemos ni tiempo, ni ganas ni deseos de prestar atención a todo lo que existe por lo tanto nos volvimos egoístas y elegimos el contenido a consumir. Elegimos qué leer, qué videos mirar, a que red social prestar atención, a qué influencer seguir y qué productos comprar.

Como consumidores de información somos absolutamente egoístas y no está mal, es una defensa válida ante un medioambiente que ataca sin piedad.

Nuestros hábitos cambiaron, cuando hacemos clic en un video si la publicidad que precede al mismo está alineada con nuestros propios intereses entonces le prestaremos atención si no lo está rápidamente pulsaremos el botón “omitir anuncio” , lo mismo pasa cuando un banner se abre en la portada de un diario y en otros muchos ejemplos similares.

Cualquier empresa u organización que pretenda vender en internet ignorando esta realidad deberá afrontar el fracaso de sus acciones y el altísimo costo económico de no entender en qué contexto está operando, quien quiera llenar internet y las redes sociales con publicidad no valorada por sus usuarios terminará gastando un dineral o en el mejor de los casos tiempo y esfuerzo sin lograr resultados.

Marketing de contenidos: seduciendo al Rey egoísta.

El egoísmo manda, es un Rey déspota e implacable que solo dará oportunidades a quienes lleguen a él con un mensaje que lo seduzca y que esté necesariamente alineado a sus más íntimos intereses.  Es fundamental trazar entonces una estrategia de marketing de contenidos que sean atractivos, llamen su atención y le den un valor añadido.

Al Rey egoísta que vive dentro de cada consumidor solo se lo puede seducir ofreciéndole contenido de valor. Solamente nos prestará atención si aquello que le contamos cautiva su interés.

Si mudamos nuestro “circo” a Internet y vamos de aquí para allá vociferando como vendedores de baratijas nada vamos a lograr, tenemos que ser inteligentes y rendir culto a la eficiencia para no perder ni tiempo ni recursos en acciones que no produzcan beneficios.

El marketing de contenidos es vital para seducir a ese Rey egoísta pero para que surja efecto primero debemos conocerlo, saber que piensa, que necesita, que lo atrae, cuales son sus hábitos, como vive, debemos trazar un perfil para conocer su más profunda intimidad pues esa información nos permitirá ayudarlo.

Aportemos soluciones, disipemos las dudas brindando información de calidad, transformemos al egoísta Rey en amigo, hagamos que confíe en nosotros, en nuestro conocimiento talento y experiencia y seguramente nos comprará sin necesidad de venderle nada.

No se trata de mentir, engañar o “endulzar los oídos” prometiendo lo que no vamos a cumplir, al contrario, se trata de utilizar su mismo idioma para decirle que tenemos la solución a su problema.


Espero que este post haya cautivado al Rey egoísta que habita en vos. 🙂

Desde ya mil gracias por leer este artículo y no dudes en conectarte desde mi formulario de contacto ante cualquier duda inquietud o comentario que me quieras hacer llegar.

Hasta el próximo post!.-

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